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15/03/2000

AMORTIGUADORES DESGASTADOS: PELIGRO SOBRE RUEDAS

Conducir con unos amortiguadores en mal estado constituye un grave riesgo. Ante una situación de emergencia, y sin necesidad de ir deprisa, la distancia de frenado aumenta, el vehículo es más difícil de controlar y cualquier maniobra evasiva resulta peligrosa.

Seguridad Vial - Redacción Motor

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Pocos son los conductores que vigilan el estado de los amortiguadores, elementos que influyen notablemente en el confort y, sobre todo, la seguridad en marcha. En muchas ocasiones, no nos acordamos de revisarlos hasta que nos llevamos un susto. El mejor consejo es comprobarlos periódicamente en cualquier taller especializado cada 20.000 km, operación que suele ser gratuita, y, siempre, cambiarlos entre los 60.000 y 80.000 km, momento en el que la efectividad de los mismos se reduce al 50 por ciento.

Estas recomendaciones generales sirven para cualquier tipo de vehículo, aunque en el caso de los monovolúmenes hay que ser más estrictos. El elevado peso que desplazan y su altura mayor, entre otras características, los convierten en vehículos más delicados a la hora de realizar cualquier maniobra de emergencia.

Pruebas reales con un monovolumen
Por encargo de la firma de amortiguadores Monroe, el TÜV (organismo independiente alemán) ha investigado la influencia de los amortiguadores en la seguridad de los monovolúmenes. Utilizando un mismo vehículo -en concreto un Renault Space 2 litros con ABS y neumáticos nuevos Pirelli P 6000-, se hicieron una serie de pruebas comparativas en carretera utilizando amortiguadores desgastados al 50 por ciento y amortiguadores nuevos -unos Monroe Sensa-Trac con sistema Safe-Tech-.

Un primer test consistió en realizar una frenada de emergencia en línea recta con un cambio de carril a 80 km/h, en una carretera con superficie irregular. Con los amortiguadores nuevos se registró una distancia de frenado de 33,9 metros, mientras que con amortiguadores desgastados al 50 por ciento la cifra fue de 37,8 metros. Una diferencia de 3,9 metros más utilizando amortiguadores desgastados, algo que en una situación de emergencia puede resultar clave a la hora de evitar un accidente.

La dificultad de la "prueba del alce"
Otro ensayo realizado fue el conocido como "prueba del alce", que consiste en esquivar un obstáculo y cambiar dos veces de carril, sin frenar ni pisar el acelerador, para medir la velocidad máxima. Con los amortiguadores nuevos, el monovolumen pudo esquivar de forma segura el obstáculo -sin llegar a tocarlo- a 59 km/h. Usando amortiguadores desgastados al 50 por ciento, el vehículo fue capaz de realizar la prueba únicamente a 51,8 km/h. A partir de 52 km/h, el monovolumen equipado con amortiguadores desgastados fue incapaz de esquivar el obstáculo.

Este tipo de maniobras evasivas que, a priori, pueden parecer extremas, se efectúan diariamente en el tráfico urbano. Un vehículo sale repentinamente de un aparcamiento, se abre una puerta, un niño se echa a la calle justo delante del coche u otro coche frena demasiado tarde en una intersección. Estas escenas se repiten frecuentemente a velocidades mencionadas en la prueba -aproximadamente 60 km/h), porque en la ciudad muchos conductores circulan a 60 km/h, incluso cuando el límite legal se encuentra establecido en 50 km/h. En dichas situaciones, únicamente unos amortiguadores en buen estado pueden prevenir un accidente si la maniobra evasiva se realiza por debajo de los 60 km/h.

Mayor peligro a velocidades elevadas
La diferencia de usar amortiguadores nuevos o desgastados no se aprecia sólo a velocidades bajas en ciudad, sino también a mayores velocidades en carreteras secundarias o autopistas. Especialmente en este caso, un vehículo debería equiparse con los amortiguadores en perfecto estado para que el coche no empiece a patinar durante una maniobra evasiva a alta velocidad.

Además, los resultados de las pruebas en carretera también indican que los amortiguadores desgastados influyen mucho en el funcionamiento del ABS. Una capacidad mínima de absorción se traduce en un mayor vaivén de la carga. Las ruedas pierden contacto con la carretera, se elevan, y botan, tanto en maniobras evasivas como en frenazos bruscos. Si la rueda no está en contacto con el suelo, entonces no puede transferir energía de frenado. El ABS también reduce la fuerza de frenado y no frena debidamente, ni siquiera tras volver a entrar la rueda en contacto con el suelo.

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