05/07/2005
CHEVROLET MATIZ 0.8 S: TRATAMIENTO REJUVENECEDOR
Aprovechando el cambio de nombre de la marca, el Matiz cambia de imagen, manteniendo su reducido precio y con un diseño más juvenil.
Noticias - PRUEBA/ Iván Solera
COMPORTAMIENTO
Agorafobia
O miedo a los espacios abiertos, eso es lo que sufre el Matiz. Si nos metemos en autopista o autovía lejos de la urbe, empezará a padecer ese miedo. Lo demuestra en forma de tiritonas y falta de aplomo a partir de 100 Km/h, escasa velocidad de crucero -sobre todo si vamos cargados- y falta de potencia en las cuestas arriba. Al conectar el aire acondicionado (opcional), vemos como el pobre pierde gran parte de su escasa potencia.
Si nos decidimos por la montaña, le entra el pánico. A poco que intentemos llevar un ritmo fluido la carrocería empezará a inclinar al más puro estilo 2 CV. La poca sujeción lateral de los asientos nos hará agarrarnos al volante con fuerza para sujetar el cuerpo y la poco precisa dirección empezará a flotar sin remedio. Si le buscamos el límite, nos sorprenderá por lo fácilmente corregible que resulta. Su comportamiento es muy noble, los pequeños neumáticos de 155/65 R13 avisan chillando con mucho tiempo antes de que las pérdidas de adherencia modifiquen la trazada. Cuando esto sucede lo hace tan lentamente y el motor tiene tan poca potencia, que el roce de la goma del tren delantero contra el asfalto le hace perder velocidad y llega a corregirse el solito. Pero no todo es tan fácil, el eje trasero monta tambores de freno con una tendencia muy marcada a bloquear las ruedas cuando apuramos las frenadas.
Entre edificios es donde mejor se desenvuelve el pequeño Chevrolet. Sus reducidas dimensiones nos facilitan el aparcamiento y la circulación por ciudad. Lo más divertido es entrar por pequeños huecos donde no entran la mayoría de coches al ser más anchos. El motor es tranquilo y hasta perezoso a altas revoluciones, pero tiene bastante potencia en la zona baja del cuentavueltas y favorece la conducción urbana. Su escaso peso facilita las frenadas a baja velocidad y en muchos casos esto nos evita el reducir con antelación la velocidad para luego volver a acelerar. Al final, sin forzar la mecánica y manteniendo un consumo razonable, acabamos moviéndonos entre el tráfico de manera más efectiva que con coches más potentes... y por el precio de una moto.